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A modo de presentación

"El pensador" de Rosenblueth

Los que me conocen saben bien que no soy persona a la que le cueste mucho entablar una conversación. No desdeño a nadie a la hora de iniciar un diálogo, procurando, eso sí, que este tenga algún sentido pues –como dice el proverbio hindú– “cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio”.

Dicen, esos que me conocen, que no me expreso mal del todo. Tengo facilidad de palabra, fluidez verbal; y por qué no decirlo… ¡Vamos, que me gusta hablar!

Pera muy posiblemente sea esta, de forma casi curiosa, cuando se trata de presentarme al lector, la página que más me cueste escribir de todas cuantas haya redactado hasta ahora. Y –sin querer pecar de falsa modestia– lo cierto es que no hay mucho que contar que sea de interés.

Mi currículum es breve. Tan breve como 30 años –10.969 jornadas, según mi vida laboral– de experiencia diario esfuerzo profesional, –y perdón por el tachón– intentando ganarme la vida decentemente y, siempre, en la tesitura de conseguir aprender cada día algo de alguien que, puedo asegurar, es eso una fuente inagotable de sabiduría.

Durante este tiempo de todo ha habido, pues si dijera que sólo han sido glorias y alegrías sería fácil adivinar lo grande de mi mentira. Errores y aciertos, fracasos y triunfos, derrotas y victorias han ido formando, como un todo donde nada falta ni nada sobra,  mi forma de ser y estar, que será mejor o peor pero que, a la postre, es la mía.

Pero al igual que tengo un pasado, también tengo un futuro y así, con todo ello, este  maduro jovenzuelo, aquí está enfrascado en la tarea del buscar, del conocer, del saber. Cosas todas que, al fin, y aunque sea en el interior, llevan al crecer. Y crecer significa vivir, que es de lo que se trata.

De esta manera, y por este afán, se ha ido desarrollando en mí la necesidad, cada vez mayor, de trabajar, de investigar, buscando ese algo, que hasta hace no mucho parecía intuir y que ahora creo ya saber, que no es ni más ni menos que la Excelencia moral como persona en el conjunto total de mi vivir, con el fin sincero, no ya del destacar ni del sobresalir, que ya eso va importando menos, sino de lo más trascendental, esto es, dar una mayor plenitud a mi existir.

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